viernes, 8 de abril de 2016

Primeras impresiones XXXVII


La joven Usagi paseaba por los jardines a los que daban sus estancias, rumiando sus pensamientos. Había algo que no le cuadraba, y eso la atormentaba, porque realmente no sabía qué era. Como esos sueños de madrugada que te torturan y luego olvidas, pero te dejan una sensación de desasosiego, una fea intuición le martilleaba las sienes sin materializarse de una forma u otra.

Ver a Ide Kotetsu paseando con un niño a su lado, que no debía tener más de unos cinco años, fue una distracción bienvenida. Makoto miró con curiosidad al niño que acompañaba a Kotetsu. No le había visto nunca, de eso estaba segura. Era guapo, limpio, de hinchados carrillos, con el pelo cortado al estilo tazón de forma poco habitual entre los Unicornio, dados a los trenzados y los peinados elaborados. No debía tener más de siete u ocho años, y tenía los ojos más negros que hubiese visto nunca. Miraba con una seriedad extrema y una tranquilidad que contradecía su corta edad.

-Makoto-san -le saludó la cortesana Unicornio con una cálida sonrisa-. Creo que no conoces a mi hijo… Ryu-kun, saluda a Usagi-san.

El niño le dedicó una reverencia más que pasable, que hizo que la joven Liebre se sonriera diciéndose que sin duda sabía más de modales que ella a su edad.

-Encantado de conocerte, Usagi-sama -dijo el pequeño muy serio.

-Encantada de conocerte, Ryu-kun -respondió ella igualmente cortés, para luego alargar la mano impulsivamente para revolverle el cabello liso y suave. Él aguantó el trato estoicamente, para luego sonreír con súbita picardía.

-Eres muy guapa -le dijo con sus ojos grandes fijos en su cintura, más que en su rostro.

-Gracias.

-Y tu hija también va a ser muy guapa. Cuando sea mayor, me casaré con ella.

-¿Go... gomen nasai...? -exclamó Makoto poniéndose como la grana. Kotetsu, igualmente acalorada, riñó a su hijo por decir inconveniencias.

-Pero si es verdad...

-Discúlpale, Makoto-san... Ha pasado unos meses con su padre y al parecer ha perdido los modales en el proceso -musitó la Unicornio avergonzada.

-Su pa... ¿Mirumoto Shirigo-sama? -la joven estuvo a punto de preguntar algo más, pero luego recordó los comentarios desatados por las puertas cerradas de la cortesana y volvió a sonrojarse. Ambas mujeres quedaron unos instantes en silencio, y luego, de mutuo acuerdo, empezaron a hablar de otras cosas, acaloradamente.

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La habitación estaba en penumbra, y el vapor del té flotaba en el aire perfumando con suaves vahos el aroma de la madera vieja bien encerada. Para el Campeón Shiba, en cierta manera, todo aquello era joven, mucho más joven que él. Era Shiba Dorayo, pero también cada Campeón que hubiera con anterioridad a él mismo. Por contraste, la antigüedad de la sobria estancia parecía falsa y estridente.

O quizás fuese él mismo quien se sentía falso y estridente, ante su sobrino Mirumoto Shirigo, una de las pocas almas en vida que tal vez fuese casi tan vieja como la suya propia. Un poco más joven, ya que no era el propio Togashi, pero no mucho más. A fin de cuentas, el Campeón Dragón era una de las criaturas más poderosas de la creación, y sus años no sólo eran los vividos en cuerpo mortal. Eran afines y similares, y al mismo tiempo muy distintos, ya que Dorayo vivía una nueva vida cada encarnación hasta que sumaba a su ser las vidas de los anteriores Campeones hasta el propio Shiba, mientras que Shirigo era parte del mismo tejido del Universo, un ser más allá de los años y de las atribulaciones de los simples mortales... en parte al menos.

Cuan poco apropiado que ambos se hubieran enamorado de una mortal. Cuan desafortunado que sintiesen atracción por la misma mujer. Cuan irónico y lamentable era el destino que les había enfrentado...

-Tarde o temprano ella marchará de nuevo, tío. Tal es el destino de todas las cosas -musitó Shirigo, como si le hubiera estado leyendo el pensamiento.

-Así es -suspiró él.

-¿Y tú...?

Dorayo se quedó pensativo mirando los intricados diseños que la niebla tejía a su alrededor antes de contestar.

-Yo también marcharé. En parte.

-Y yo me quedaré solo. Como siempre -suspiró el Dragón. Había un dolor terrible en sus palabras, pronunciadas con resignación. Los dos eran viejos, pero Dorayo, aparentemente mayor, era en parte el más joven pues cada encarnación era en realidad una nueva persona que se sumaba a todos los Campeones anteriores. Y no obstante, seguían siendo Shiba y su sobrino el Dragón hijo de Togashi... Y seguían siendo los únicos que, al menos en parte, podían comprender lo amarga que podía ser la inmortalida. Era ese ligamen el que había evitado, en cada enfrentamiento, que ninguno de los dos llamara a fuerzas mayores de las que podían sujetar. Todo aquello parecía, ahora, una inmensa pérdida de tiempo.

-Tendrás a tu hijo. Y me tendrás a mí también, de alguna manera. No hemos dejado de ser amigos, ni familia... ¿Me equivoco? -respondió el Shiba. Para él, que Kotetsu marchara era parte del ciclo. Él la amaba ahora, pero cuando muriera, él también podría hacerlo, y tal vez su próxima encarnación no la amara y pudiera vivir con el recuerdo. Pero Shirigo era distinto.

-No, no os equivocáis, tío, pero...

-Estaba pensando -musitó lentamente el Campeón Fénix- que mi sucesor podría ser diferente. Hay una joven, una muchacha muy prometedora. Una de sus hijas podría sucederme a mi muerte, si está a la altura de su madre.

Los ojos del Dragón se encendieron, y luego se llenaron de lágrimas.

-¿Lo harías?

-No es más que un cambio. El cambio es parte de la naturaleza de las cosas. El cambio es bueno.

El Dragón inclinó la cabeza. Podían ser parientes, pero incluso así el acto de llorar era demasiado íntimo y brutal para infligirlo sobre otra persona.

-Gracias, tío. Yo...

-No volverás a estar solo, viejo amigo.

Fuera, el viento soplaba jugando con las hojas caídas llenando el cielo de una nube rojiza y oro...

Nota: Imagen extraída de La vie en style, no se pretenden vulnerar derechos:
https://lvs.luxury/destination/japan/

sábado, 1 de noviembre de 2014

Primeras impresiones XXXVI



A Chagatai nunca le había gustado el Go, que le resultaba extraño y un tanto absurdo. A una persona tan dinámica como él, el tener detenidas las fichas de forma inamovible le resultaba ridículo, así que siempre había preferido el Shogi, con sus influencias extranjeras. Se pavoneaba de ser un gran jugador y, sobre todo -y medio en chanza-, de manejar como nadie los caballos. 
Sentado ante Kaneka, observaban los dos sus fichas con el ceño fruncido, meditabundos. En el campo de batalla ficticio del tablero, movían sus figuras con aire absorto. De esta forma liberaban su pensamiento de cualquier otra cosa que los turbara y, al menos en el caso del Campeón, aclaraban la mente. Sin embargo, hoy uno de los dos estaba algo distraído. El Shogun movió una ficha y se cruzó de brazos, rudo y desafiante.
-Kaneka-chan, si vas a jugar así llamaré a mi hijo de dos años para que te substituya -protestó medio en broma el Khan, haciendo un contramovimiento y comiéndose la ficha en cuestión-. ¿Se puede saber qué tienes en la cabeza? Porque no es la fina estrategia del Shogi, me temo...

-Tengo muchas preocupaciones -admitió el Bastardo.

-¿Y no las compartes conmigo, amigo mío?

-¿Me hablas tú de los asuntos secretos de tu Clan?

Chagatai rió, una risa baja, bronca y poderosa.

-Ah, Kaneka-chan... como siempre lo dices todo sin decir nada. Dime al menos que no tiene que ver con nuestra amiga común, la pequeña Makoto.

-Uhmpf -el gesto del más alto de los dos hombres se volvió sombrío y, extrañamente, protector como una tigresa con sus cachorros.

-Kamis. ¿Sezaru-sama...?

-¿Ése loco soñador? -gruñó Kaneka, agarrando una copita de sake y vaciándola de un trago-. Iie, pensaba que ellos dos... Pero no, es ese niño caprichoso de Naseru, que ha decidido que ella era de su gusto.

-Eso parecía desde el principio -señaló el Khan, apaciguador-. Las muestras de favor, el apartarla de su hermano durante las cenas, la forma en que...

-Kamis, eso podría haber sido un capricho cualquiera, otro más de nuestro amadísimo Emperador, joya del Tengoku, etc. -bufó Kaneka-. No, lo que me llamó la atención fue que cuando estuvísteis los dos borrachos -miró con reproche al Unicornio, que alzó las manos a la defensiva-, Naseru se mostró... no sé cómo decirlo. Se preocupó por ella, más que por las apariencias. La sacó él mismo del agua, y la llevó en persona de vuelta a su cuarto. Eso era poco propio de él, la verdad. Y ahora, al parecer tuvieron una entrevista personal y se volvió más personal de la cuenta.

El Khan parpadeó, olvidado por completo el tablero y el juego que en él se desarrollaba.

-Pero Makoto-chan...

-Es una jovencita impresionable, y Naseru es apuesto -dijo a regañadientes el Shogun-. Hay pocas mujeres con sangre en las venas que pudieran resistirse al Emperador cuando éste se muestra seductor. Pero no es sólo eso. He visto esa forma de mirarse antes, esa forma de compenetrarse y de complementar los caracteres -miró significativamente al Khan, que alzó las cejas.

-Osea que tu hermano el hechizado ha perdido la partida ante el pequeño, de nuevo...

-No estoy muy seguro -Kaneka torció el gesto-. Creo que ella siente algo por los dos.

-Oh, Kamis. ¿Como Ide Kotetsu-chan...?

El Shogun suspiró.

-Sólo pido a los Kamis que no llegue tan lejos como tu protegida, Chagatai-san. 

El Khan recordó la forma en que había tenido que impedir, físicamente, que la entonces joven Unicornio acabara con su vida honrosamente mediante seppuku, y se mordió el grueso y sensual labio inferior.

-Espero que no, aunque en el caso de Kotetsu-chan, una vez descubrió lo de Ryu-kun, fue fácil convencerla para que dejara de atentar contra ella misma por el bien de la vida que crecía en su interior, pero sin... -su voz se fue apagando a medida que veía la expresión cada vez más lúgubre de su interlocutor-. Por todos los caballos de la manada de Shinjo-sama. ¿Ella también? -se dio con la palma de la mano en la frente.

-Creo -respondio lentamente el Shogun- que se van a hacer aún más amigas, ahora que tienen todo eso en común. Y que los Kamis agarren confesados a aquellos que las disgusten a cualquiera de las dos... Ôte -anunció, colocando una ficha de forma que hacía jaque al rey de su contrincante.

Chagatai miró al tablero, sorprendido, y luego lanzó un ladrido seco de risa.

-¡Sabandija traicionera...! ¡Lo has hecho a posta para distraerme!

Kaneka sonrió y se sirvió más sake.



Nota: La imagen pertenece a su autor. No pretendemos vulnerar derechos. No puedo colgar el enlace a la página original porque no consigo acceder a ella...

Para más información sobre el Shogi podéis consultar la wikipedia:http://es.wikipedia.org/wiki/Sh%C5%8Dgi

sábado, 25 de octubre de 2014

Primeras Impresiones XXXV

La hora del desayuno era extrañamente relajada. Sezaru reponiéndose de su herida, Makoto sentada ante él y sirviéndole el té, y Naseru y Kaneka hablando en voz baja de las escasas pistas que poseían.

-Es como si hubiesen aparecido de la nada, como si hubiesen surgido de aquella espiral -explicó el Shogun con el ceño fruncido-. Había algunos que han sido reconocidos por algún sirviente, pero claro... pensaban que se trataba de otro criado, de otra familia invitada. El problema es que ha entrado demasiada gente a esta Corte a la vez, y la seguridad no ha sido tan cuidada como otras veces.

-En el Palacio era otra cosa -señaló Naseru, también ceñudo y sombrío, extrañamente parecido a su medio hermano en aquellos instantes-. Pero ahora, con la Corte establecida aquí, poco más se pudo hacer. Pero, ¿cuán sutiles fueron para irse introduciendo entre el servicio sin que nadie se percatara...?

-Un sirviente nuevo no llama mucho la atención. Se puede ir dando a conocer, y si luego éste reconoce a otro, todo el mundo pensará que llevaba tiempo ahí, y así se va haciendo cadena si se hace poco a poco -opinó Makoto mientras tendía la taza de té a Sezaru. Los tres hermanos la miraron un instante y luego asintieron, al unísono. Ella contuvo una sonrisa, preguntándose si se daban cuenta de cuánto se asemejaban ante una crisis.

-Es una interesante teoría. Podría ser la verdad -Kaneka estrechó la mirada-. Y los Imperiales, por ejemplo, ni miran al servicio. No se percatarían de que había ni uno ni cincuenta nuevos...

-Ciertamente es problemático. Pero es una costumbre tan aferrada que difícilmente podremos corregirla.

-Hai... Son así de relamidos -bufó Kaneka. Naseru lo miró con cierta censura, pero no dijo más-. Hay otra cosa que me llama la atención... algunos fueron reconocidos como miembros del servicio, pero luego está el asunto del que se rebanó la cara.

-¿Qué? -Makoto, que ignoraba tal acontecimiento, dio un respingo-. ¿Por qué?

-No lo sabemos -admitió el Shogun.

-Quizás -Naseru estrechó la mirada- era alguien de mayor relevancia, cuyo rostro pudiese poner en evidencia a la familia y quiso evitarles el deshonor. Habrá que vigilar si entre los notables hay alguna ausencia y, en caso de ser así, interrogar a sus familias.

-Ciertamente, si sintió la necesidad de mutilarse así, algo tenía que ocultar -asintió Kaneka.

-Hai... aunque me pregunto si sería realmente eso u otra cosa. Un muerto no tiene por qué temer que le reconozcan... -musitó Makoto, pensativa.

-Sí, si es alguien cuya deshonra afecta a más personas -contradijo el Bastardo. Naseru hizo un gesto de aquiescencia. Sezaru miró a la joven Liebre, y le preguntó con suavidad:

-¿Qué te inquieta, Makoto-san...?

-No lo sé -los ojos castaños de la muchacha se fijaron en los del Shugenja-. No lo sé, y eso es lo que me preocupa...

***

Otro tal vez no se hubiera fijado, pero Sezaru estaba acostumbrado a observar a la gente, a la forma en que los espírtus se curvaban a su alrededor. Tenía una afinidad natural con los kami, y en ocasiones hasta el toque de visión que tantas veces había conmocionado a su madre. Además, estaba acostumbrado a leer las expresiones de su reservado hermano menor, y estos días se había estado fijando en la muchacha lo suficiente como para percatarse de que rara vez ocultaba lo que sentía.

Para él era evidente que ambos estaban extrañamente calmados el uno junto al otro, que Makoto había sido completamente aceptada y absorbida por la familia. Naseru y Kaneka hablaban, y ella intervenía y era escuchada. Complementaba la conversación y hacía que los dos se distendieran, algo positivo ya que las tensiones entre ambos habían degenerado a menudo en conflicto cuando trabajaban juntos en otras ocasiones. La Usagi parecía ejercer de elemento pacificador sin que ninguno de los tres se diera cuenta, armonizando lo que de otra forma sería un encuentro útil, pero tenso.

Y aún más: Naseru y Makoto no se tocaban, pero intercambiaban miradas que hablaban de una compenetración absurdamente fácil entre el retorcido cortesano guerrero y la simple bushi. Se volvían el uno hacia el otro, complementaban sus pensamientos, había una chispa de complicidad incluso cuando ella le reñía por hacer algo indebido, algo que hubiese debido resultar incómodo o irrespetuoso, pero les hacía parecer perfectos el uno junto al otro. Al observar el futuro, Sezaru había visto esa perfección, y al hablar de la imposibilidad de lograr la mano de la muchacha, había generado una fisura en ella. Pues Makoto se volvía también hacia él, le amaba.

Estaba resplandeciente como nunca, pese a su evidente inquietud.

Siguiendo un impulso, alzó una mano y la puso sobre el viente de la joven, que le miró sorprendida pero no sobresaltada.

-No se puede sembrar sobre la cosecha ya germinada -decretó el Shugenja con los ojos en blanco. Todos se quedaron atónitos, sin comprender. Y entonces Sezaru pestañeó y se giró hacia Naseru-. ¡Si serás cerdo! 

Y le encajó un puñetazo en el ojo bueno.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Primeras impresiones XXXIV



Desde lo alto de la torre fortificada sólo se veía, como siempre, un mar en calma de un azul verdoso intenso como el que ninguna piedra preciosa podría llegar a mostrar, un cielo perfecto y severas montañas rocosas con lujuriante vegetación a sus pies. Era una imagen paradisíaca, pero que para ella representaba únicamente una cosa: que cierto Shugenja Mantis estaba volviendo a jugar con sus sueños, atrapándola en un reino onírico al que no sentía interés por ir.

Él estaba allí, en silencio, observándola con atención como si cada temblor de sus pestañas, cada respiración, cada álito silencioso que le acariciaba el cabello fuese esencial. Hoketuhime no sentía ningún deseo de hablar con aquel desconocido al que despreciaba y odiaba por sacarla de sus rutinas, y él parecía conformarse con mirarla sin más tras unos primeros intentos de sacarla de su mutismo.

La belleza natural del paisaje antinaturalmente soleado era como un bálsamo para los nervios de cualquiera; no para los suyos. Ella sabía que en la vida, lo hermoso no era necesariamente bueno. Se conocía profundamente a sí misma, herida y destruída más íntimamente de lo que nadie pudiera soportar tras su máscara de perfecta compostura. Tomándose de ejemplo, aquel panorama sobrecogedor no le producía inquietud siquiera, sólo el profundo deseo de no ceder.

-Amáis al Emperador.

Aquella declaración inesperada le hizo pestañear. Dudó un instante, con el rostro indiferente, antes de decir:

-Sí. Pero eso no es asunto vuestro.

Él se tensó y sus ojos verdemar se llenaron de chispas de ira.

-No, supongo que no.


***

El general Oni reunió a sus lugartenientes, chasqueando sus tentáculos de agua putrefacta, hirviendo hasta la sal marina de sus venas.

-Quiero que matéis al Emperador Toturi III. El que lo logre, conseguirá mi puesto.

Hubo una oleada de anticipación y luego todas aquellas bestias impensables se alejaron sobre sus profanas patas, apéndices o vientres viscosos. Sólo una quedó en silencio, mirándole con imposibles ojos aguamarina, del mismo tono exacto que los suyos. Su hija no se movió.

-Estás perdiendo el norte por una humana -dijo en voz profunda, sensual y exquisita como el sonido de las olas sobre la playa, e igualmente irresistible para otros.

-¿Hablas por experiencia, hija?

Ella achicó los ojos y volvió el rostro pálido, con la cortina de cabellos azules cubriéndola como una cortina.

-Al menos -respondió sibilante-, yo tengo un contrato.



Notas: Imagen sacada de http://www.fotosoimagenes.com/2715/imagenes-de-playas-paradisiacas/playa-paradisiaca-5/
Todos los derechos pertenecen a su autor. No se pretende infringir ningún copyright.

jueves, 21 de agosto de 2014

Primeras impresiones XXXIII



La luz de una vela trajo de vuelta su consciencia, o al menos eso le pareció. ¿Cuánto llevaba inconsciente? Makoto estaba sentada a su lado, mirándole con preocupación. Por un momento, creyó que soñaba. ¿Dónde estaba Naseru?

-Naseru-san ha ido a cenar con la corte -dijo ella como si le leyera el pensamiento-. No puede faltar a sus deberes o podría generar comentarios, y me ha insistido mucho en la necesidad de mantener vuestro incidente en secreto...

-Uhm... -la notaba tensa, descontenta. Sus siguientes palabras, aunque dichas en voz baja, fueron aclaratorias:

-Me habéis asustado.

-No era... mi intención -musitó él.

-No vuelvas a hacerlo, onegai -la voz de ella era casi un susurro.

-Creo que no podré venir al próximo desayuno tampoco -intentó bromear él.

-Entonces vendré yo a desayunar con vos. Alguien tiene que evitar que hagáis tonterías...

-Yo no hago tonterías.

Ella enarcó una ceja, y luego comentó como quien no quiere la cosa:

-Naseru-san estaba muerto de preocupación. Al parecer le dijísteis a él y a Kaneka-chan que no estábais herido.

-Yo no creía... 

-Casi faltáis a vuestra palabra y me dejáis sola.

-Lances del combate, no lo tenía planeado -protestó él. Ella le miró con sus ojos grandes, castaños y sinceros, y él se quedó sin habla unos instantes-. No me crees...

-No avisásteis a nadie de que estábais herido, Sezaru-sama.

-No dolía, no pensé que fuera tan grave -mientras se defendía, él empezó a replantearse la situación. ¿Había sido realmente así? ¿No había sentido nada cuando le apuñalaron? ¿Por qué no prestó atención a una posible herida? Entonces se percató de un detalle que había pasado por alto debido a la concentración en el combate, y posteriormente en la curación de sus hermanos-. Estabas aquí.

-Me ha pedido que sea su esposa -respondió ella suspirando.

-¿Por qué? -no pudo evitar preguntar él, sintiendo una nueva angustia. El dolor de su corazón superó con mucho al de su herida, y de repente se dio cuenta de que realmente no le hubiera importado morir en la batalla, faltando a su deber como Voz del Emperador y protector de Rokugan. Hubiese hecho cualquier cosa por escapar de aquella agonía, incluso provocar un nuevo desespero a Naseru o huir de sus obligaciones. 

-Porque me ama...

-¿Y tú a él?

-He declinado -dijo la Usagi, aunque el mero hecho de que no respondiera directamente a su pregunta le dijo a Sezaru cuanto necesitaba saber. De nuevo ella le miró a los ojos-. Porque os amo.

Y el Lobo se quedó sin palabras.

***
La cena había sido tranquila. Hoketuhime agradecía la ausencia de Candidatas en ellas, ya que le permitía un descanso, ni que fuera ilusorio, de los terribles celos que la acosaban constantemente. La Candidata León que hablara de ella con desprecio, la Candidata Escorpión con sus seductores hombros desnudos, la Candidata Grulla de rostro encantador cuyas pecas resaltaban aún más la perfección del resto de sus rasgos... El no verlas ni sufrirlas era un alivio inmenso. Sin embargo, como buena conocedora de su Emperador, había notado que éste estaba ligeramente ausente. Sus modales habían sido más reposados, su único ojo negro se había posado gravemente sobre los comensales mientras se intercambiaban chismes políticos, y en general su aire había sido digno, honorable y severo. En exceso, incluso. Ella sabía muy bien cómo era su Señor y aquel cambio insinuaba que algo había ocurrido que le perturbaba profundamente. Unas cuantas pesquisas discretas le habían hecho saber que Sezaru-sama no había sido visto por ningún lado aunque su presencia en la cena se había dado por descontada. Kaneka-sama, sin embargo, no había mostrado variaciones en su rutina, así que podía intuir que no había pasado nada realmente realmente peligroso.
 
Se preguntaba si tendría algo que ver con el hecho de que la Candidata de la Liebre no hubiera estado presente tampoco. Ese pensamiento le provocó una sonrisa incrédula en su mente, que no se reflejó en su rostro: era bastante incongruente imaginarse al avejentado Lobo huyendo en la noche con una muchacha, y menos con una cuya mano, si lo deseara, fuera tan fácil de obtener. Él había demostrado interés, devaluándose al ofrecer sus atenciones a una jovencita de estatus. ¿Qué familia de un Clan Menor pondría pegas a un pretendiente tan ilustre?
 
A menos que otro pretendiente de mayor alcurnia hiciera una propuesta...
 
Hoketuhime sintió un ligero desasosiego ante aquella idea insidiosa. Pero no, no era posible. Nadie tenía mayor rango que la Voz del Emperador, salvo el propio Emperador.
 
Ahora sólo quedaba el repaso de los eventos para el día siguiente y podría retirarse a reposar. Aquel era un momento único, especial, que ambos compartían. Ella lo atesoraba, aunque sabía que él no. Repasaron los actos públicos, las figuras de la Corte que debían asistir, las invitaciones a enviar, los detalles de los que la Daimyo debía ocuparse. Y entonces Naseru dijo aquellas palabras que fueron como puñaladas:
 
-Invita a la cena de mañana a las Candidatas de los Clanes Menores.
 
Hoketuhime no parpadeó siquiera ante aquella petición inusual.
 
-¿A las de los Clanes Menores, mi Señor?
 
-Hai.
 
-¿Y a las de los Clanes Mayores?
 
-No es necesario.
 
Hoketuhime sintió cómo su corazón se rompía, pues intuía vagamente el porqué de aquel honor. Había estado jugueteando con la idea de que cierta Candidata pudiera atraerse atenciones a las que no parecía propio que aspirara. Y sin embargo...
 
Aquella noche, la Daimyo se quedó sola en su cuarto, apagó todas las velas y lámparas y, ataviada tan sólo con su ropa de dormir, se sentó junto a la ventana con el cabello suelto y contempló el paisaje nocturno en el que no se movía ni una hoja.
 
Ni una sola lágrima cayó por sus mejillas.

Nota: Mi más sentido agradecimiento a Morweris por ayudarme con la imagen, ya que mi portátil ha muerto y mi Photoshop con él xD

martes, 12 de agosto de 2014

Primeras Impresiones XXXII


-¡Será baka...! -Naseru maldijo. Makoto negó con la cabeza.

-No es momento de maldecir -la joven Usagi parecía tranquila y fría, aunque por dentro le devoraban los nervios. El Emperador, por el contrario, estaba demudado: una hermana muerta ya había sido suficiente. Levantó en brazos a Sezaru, buscando la herida. Fue ella quien la vio primero-. Le han apuñalado por la espalda.

-Baka.... -susurró él, angustiado.

-Ssssssh.... Ahora no, cuando esté bien -le tocó la mano, tranquilizadora. Ninguno de los dos se sintió extraño por ello, pero aquel gesto familia y afectuoso sí chocó a Kaneka cuando llegó con un sanador Fénix.

El Shogun los observó a ambos mientras centraban su atención en el herido, tendido ahora sobre un futón. Estaban muy juntos, Naseru con la mirada fija en su hermano herido, con una expresión que el Bastardo reconoció. Estaba aterrado ante la perspectiva de perder a otro miembro de su familia. Makoto aparentaba serenidad, pero sus ojos revelaban que tampoco estaba segura. No obstante, esperó al veredicto del sanador antes de sucumbir finalmente a sus nervios.

-Se recuperará, pero necesita reposo -musitó el Fénix, sin que en sus rasgos se transparentara nada excepto desaprobación por el estado en el que se encontraba Sezaru. Ni siquiera el que la joven Liebre estuviera ahí, con el Nemuranai del Lobo en el regazo, le hizo levantar una ceja-. No dejen que haga esfuerzos hasta que la herida se cierre.

Makoto asintió, temiendo que si intentaba hablar en aquel instante no le saldría la voz. Una vez finalizado el examen, el hombre se levantó y salió, acompañado del Shogun que le recordó la necesidad de discreción en aquel tema. La preocupación le hizo ser algo menos delicado de la cuenta, ya que el Fénix se marchó algo ofendido y bastante asustado. Cuando volvió a entrar, se encontró con que la muchacha acariciaba lentamente el cabello blanco de Sezaru, mientras vigilaba su respiración.

-Se pondrá bien -dijo Naseru, mirándola a ella ahora.

-Hai... -repuso Makoto, que al pasar lo peor parecía haber dado rienda suelta a un ligero temblor que la agitaba de pies a cabeza. Miró a Naseru y parpadeó para deshacerse de las incómodas lágrimas que pugnaban por brotar de sus párpados-. Me he asustado -reconoció en voz baja-. Y no me ha gustado quedarme atrás -añadió suspirando-. Quizás hubiese sido un estorbo, pero...

-Gomen nasai -respondió Naseru en voz baja. Al contrario que ella, ya había superado la tensión y estaba relajado y centrado-. He sido egoísta al mantenerte en la retaguardia, pero no deseaba arriesgarte... no tan pronto.

-Soy bushi -dijo ella alzando la mirada del paciente.

-Y yo soy humano -en los labios del Emperador bailaba una sonrisa vacilante.
 
Kaneka no era un shugenja, pero recordaba las palabras proféticas de Sezaru. Él no les hubiese dado importancia y habría seguido adelante, pues perder el ahora por la amenaza de un futuro posible pero no inamovible le parecía absurdo. Sin embargo, Sezaru estaba loco, y siempre había vivido en sueños más que en el presente. No sería tan extraño que dejara escapar su vida por miedo a perder a su amor, lo cual como samurai era inadmisible. Pero si su competidor era Naseru...
 
Su hermano pequeño le había arrebatado el trono. ¿Le iba a arrebatar también su amada?
 
***

Junto al estanque, el Magistrado pelirrojo de extraños ojos amarillos contemplaba las aguas sin parpadear, siguiendo el movimiento de las carpas. Sunetra se sentó a su lado, silenciosa como una sombra. Él no dio más señal de haber percibido su presencia que un levísimo relajarse de sus hombros.
 

Si la Mano Oculta del Emperador estaba allí, es que éste estaba a salvo. De momento.

-Es el tercero este año -dijo él casi en un susurro.

-La seguridad era mejor en la Ciudad Imperial. Aquí estamos en terreno desconocido.

-Hai... -la miró a los ojos, asegurándose de que estaba bien. Por ese pequeño gesto supo ella que había estado muy preocupado por su seguridad. 

-No entré en el campo de batalla. Mi Señor me confió otra misión, igual de preciosa.

-¿Igual de preciosa que su vida? -el hombre arqueó ligeramente las cejas, con incredulidad.

-Para él, sí...

De nuevo los ojos amarillos la escrutaron, esta vez en busca de respuestas. Luego musitó en tono prácticamente imperceptible:

-Así que ya la tiene. A la elegida.

Sunetra miró al agua, sin decir más. No era necesario. 

Entre los dos esposos, a menudo sobraban las palabras.


Nota: Imagen extraída de la página http://www.taringa.net/posts/imagenes/9610189/Koi-Fish---Significado-Dibujos-y-Tatoo-s.html
La carpa simboliza el valor.

lunes, 11 de agosto de 2014

Primeras Impresiones XXXI

Kurako se dirigía al dôjo cuando casi se da de manos a boca con el General Hida Nakao en persona. Era éste un hombre enorme, fornido, lleno de cicatrices, con largos bigotes que caían luengos a ambos lados de una boca amplia y generosa. Con una fiereza inmensa propia de los guerreros del Muro, le hizo sin embargo una inclinación y le pidió disculpas.

-Iie -respondió ella con una leve sonrisa. No sabía el porqué, pero le simpatizaba aquel inmenso hombretón de modales poco elaborados y brusca amabilidad. Quizás por la forma inconsciente en que había insultado a la sensual y retorcida Candidata Escorpión; aquello había hecho que a la León le gustara instintivamente-. Yo iba distraída, General. Aceptad mis disculpas.

-¿La perfección pide disculpas al tosco muro? Amateratsu velará sus ojos ante tamaño sinsentido -sonrió él levemente.

-El muro es grande y fuerte, y detiene al enemigo -repuso ella devolviéndole la sonrisa con más sinceridad de la que ella misma esperaba-. Y yo no soy la perfección. Gracias por el cumplido, General Nakao...

Él se iluminó como un niño ante un regalo inesperado, y ella tuvo que contener su regocijo, un regocijo natural e inesperado. Llevaba demasiados días enfuruñada, se percató, incluso algo deprimida por la falta de atención del Emperador. Sintió algo de alivio teñido de agradecimiento por poder escapar de aquel estado de ánimo. Miró atentamente al general Cangrejo, pensando que a su padre le gustaría que trabara amistad con un hombre de carrera tan admirable como él.

Tras ellos, pasó dando tumbos Komori Tanaka, demudado y blanco como la cal. Kurako se giró para verle pasar, y se llevó una mano a la boca: el maduro Murciélago tenía los ojos perdidos de alguien seminconsciente. Tropezó y cayó al suelo.

-¿No es el acompañante de la Candidata Murciélago? -musitó la joven Akodo, para sí. Se inclinó hacia él. No estaba herido, y sin embargo parecía sufrir algún tipo de ataque, temblando espasmódicamente.

-¡No lo toquéis! -le advirtió el General. Ella le dedicó una mirada de enojo.

-Onegai -dijo cortante-. No soy estúpida. No iba a tocar a un posible enfermo, no antes de que un sanador...

-Iie. Iie, onegai... -la voz del Komori sonó entrecortada, casi como si se ahogara-. Onegai, estoy... estoy bien. No es nada, sólo... Estoy bien. Arigatô, Akodo-sama, Hida-sama... Onegai, dejad que... ya estoy bien -se puso en pie con dificultades, trastabillando, pero decidido. Aquella espantosa palidez había remitido ligeramente, y parecía capaz de fijar la mirada en sus dos interlocutores, aunque no parecía estar en plena posesión de sus facultades.

El Cangrejo y la León se miraron, y luego ella preguntó gentilmente:

-¿Estáis seguro...? No parecéis...

-Estoy bien -repitió él, tozudo-. Onegai, no permitáis que mi malestar os impida seguir vuestras rutinas. Sólo ha sido un vahído. Descansaré y en unas horas estaré mejor. Os agradezco vuestra preocupación -hizo una rápida pero profunda reverencia antes de alejarse, inseguro pero rápido sobre sus piernas.

Kurako bufó.

-¡Clanes Menores! Sólo traen problemas -musitó, enfadada.

***
El paso del Shogun al volver a las estancias del Emperador fue lento, casi arrastrado. Se preguntaba qué había retenido a Naseru tanto tiempo; casi había aparecido al final del breve pero sangriento encuentro. Por poco no había llegado, cosa que podría haber desequilibrado el encuentro a favor de los atacantes. Ahora, afortunadamente, nada tenían que temer. Los discretos Eta retiraban los cuerpos que un Magistrado de confianza revisaría junto con Sezaru.
 
No era habitual en el más joven de los hermanos llegar tarde.
 
-¿Se puede saber qué ha pasado? -le dijo, frunciendo tormentosamente el ceño. Aunque Naseru y Kaneka se habían reconciliado tras la muerte de Tsudao, no por ello era todo miel sobre hojuelas entre ambos.
 
-Estaba en mi jardín privado. Di orden de no ser molestado, y hasta que no me llegó el aviso de Sunetra no supe del ataque -repuso fríamente Toturi III.
 
Sunetra... la guardaespaldas Escorpión del Emperador. Ahora que se fijaba, no había estado presente durante el altercado, lo cual en sí era una rareza. Naseru siempre era precavido, pues aunque era también bushi, el hecho de que su entrenamiento principal fuese como cortesano suponía una relativa desventaja ante situaciones bélicas. Kaneka iba a decir algo, cuando otro hecho le sorprendió. Al abrir las puertas, se encontró con nada más y nada menos que Usagi Makoto. Vestía tan solo un sencillo yukata de algodón de color jade, como recién salida de los baños imperiales y la preocupación nublaba sus expresivos ojos castaños. Hizo una reverencia ante Naseru, y luego miró a Kaneka.

-¿Kaneka-sama? -preguntó ella, como si fuese extraño verle en las habitaciones de su propio hermano. Luego volvió la mirada hacia Naseru, que lucía un feo corte en la cara-. Oh, Kamis. Hay que llamar a Sezaru-sama...

-Estoy aquí -Sezaru entró y la joven se apartó para permitirle situarse junto a Naseru y curarle. Kaneka sintió que las palabras se le atascaban en la garganta mirando a la muchacha, que aparte de lucir un aspecto realmente hogareño, era una visión totalmente asombrosa. Sin embargo, ni el Emperador ni su Voz parecían particularmente sorprendidos. El Lobo murmuró algo y una cálida y curativa luz brilló en sus manos, cerrando la herida de Naseru. Si no hubiese sido porque por conveniencia les interesaba conservar en secreto el ataque, tal vez no hubiesen curado aquel corte, que era más escandaloso que realmente peligroso. Kaneka esperó su turno. Dos flechazos en hombro y espalda le restaban movilidad en el brazo. El Shugenja no malgastó mucho tiempo y fue efectivo y rápido.

Y Makoto no era una visión suya. Kaneka volvió a mirarla, frotándose los ojos. Nada. Seguía allí, con gesto preocupado.

-¿Sezaru-sama..? -musitó la joven, y se precipitó hacia él.

El Shugenja se había apoyado en la pared, y se había ido deslizando lentamente hasta el suelo. Un rastro de sangre dejaba claro por qué estaba perdiendo sus fuerzas.

Habían herido al imbécil, y no les había dicho nada, ni siquiera había pensado en curarse.

-¡Kaneka-chan! -la Usagi volvió su rostro angustiado hacia él-. ¡Busca a un sanador, onegai...!

El Shogun no se hizo rogar y salió corriendo. Los interrogantes podían esperar a más tarde.

El sonido de la máscara de Sezaru al rodar por el suelo, caída, puso alas en sus pies.